
Nuestra historia comenzó un fin de semana, cuando tenía 9 años, en la ciudad de Tunja. Recuerdo que madrugamos con mi mamá para hacer una corona navideña, una tarea del colegio. Estaba en quinto grado. Empezamos a notar que, desde poco después de las cinco de la mañana, se escuchaba el llanto de un niño proveniente de la parte de atrás de nuestro conjunto. Había muchos árboles, y no lográbamos ver nada. Llevaba tanto tiempo llorando que llegamos a preocuparnos.
Cuando empezó a aclarar el día, vimos en lo alto de uno de los árboles unas hojas verdes con pintas de colores que se movían. Con unos binoculares descubrimos que el “niño” que lloraba y gritaba por su mamá, desesperado, era un lorito. Esperamos a ver si aparecía su dueño, pero nadie vino por él. En ese entonces, en el primer piso del edificio donde vivíamos, había unos niños casi de mi edad, pero eran crueles con los animales, y temíamos que si el loro no se dejaba atrapar, lo lastimaran.
Así que mi papá decidió capturarlo con un costal para ponerlo a salvo. No fue una tarea fácil: duramos varias horas intentando atraparlo. Picó y rasguñó varias veces a mi hermano y a mi papá. Al fin lograron capturarlo, y habilitamos una jaula que teníamos en la casa para que estuviera allí. Estaba muy nervioso y algo agresivo, no quería comer ni tomar agua, así que decidimos tapar la jaula con una cobija, esperando que eso lo calmara. Por suerte, funcionó durante los primeros días.
Recuerdo que pasaba horas al lado de su jaula, detallando los colores de su plumaje: su copete amarillo, sus hombros rosados, y la punta de su cola y sus alas de muchos colores. Parecía un arcoíris. Con el tiempo, y después de muchas picaduras, fuimos ganándonos su confianza, hasta que finalmente solo se dejaba acariciar por mí.
Nadie preguntó por él con el paso de los días, así que lo adoptamos, por decirlo así. Así pasaron los años y nos convertimos en mejores amigos. Salíamos al parque, lo soltaba en la casa, le ponía la ropa de mis juguetes y él se dejaba. Ahora pienso que era muy paciente por no atacarme. Siempre fui una niña introvertida y me costaba hacer amigos, así que él era mi compañía. Me acompañaba a ver televisión, a hacer tareas, y decidía si quería seguir conmigo o entrar a su jaula. También empecé a sacarlo a los árboles a tomar el sol, y él venía solo cuando era hora de regresar.
Realmente fue una gran compañía para mí. Me defendía de los regaños de mi mamá y de las travesuras de mi hermano. Ya lo conocían en el barrio, y las personas lo saludaban.
Cuando cumplí 13 años, enfermé de una neumonía muy grave y estuve mucho tiempo hospitalizada. Lo extrañaba muchísimo. Pero cuando regresé, mis padres, siguiendo la recomendación del neumólogo que me trataba, decidieron llevarlo a un refugio o santuario cercano, donde había más loros. El médico explicó que el polvillo que soltaba al sacudir las alas podía agravar mi condición.
Lloré mucho y los odié por tomar esa decisión. Pasé un tiempo sin hablarles, porque sentía que me estaban quitando a mi mejor amigo. Él no entendía por qué lo estábamos dejando en ese lugar. Aún me duele pensar en lo que sintió… probablemente creyó que lo habíamos abandonado. Pero era lo mejor para él. En ese santuario había más loros de su especie y de otras también, ya no estaría solo.
Íbamos todos los fines de semana sin falta a visitarlo y llevarle sus galletas favoritas —le encantaban las Mu de leche y las comía feliz—, pero se notaba que la separación le había afectado. Ya no se dejaba consentir igual. Con el tiempo, los empleados del hogar se ganaron su confianza. Sin embargo, un día nos informaron que se había “escapado”. Suponemos que el empleado con el que más confianza tenía lo sacó para quedárselo.
Fue muy duro para mí. Aún lo pienso y lloro, porque me habría gustado despedirme de él. Muchas personas creen que los animales no sienten, pero sufren las separaciones igual que nosotros.
Al graduarme del colegio, decidí estudiar medicina veterinaria. Siempre me gustaron los animales y tuve muchas mascotas —era “la niña de las mascotas” donde vivía—, pero estudié la carrera sobre todo por él, por el impacto que tuvo en mí cuando era niña. Fue una de las mascotas que más quise y que más marcó mi vida.
Decidí hacer mi tesis sobre psitácidas, en el hogar de paso de Corpoboyacá, para ayudar a los loros en cautiverio a manejar y regular el estrés, y evitar que afecte su estadía en los centros de rehabilitación. Fue una experiencia triste y feliz al mismo tiempo, porque nunca dejé de pensar en él. A veces lo llamaba, esperando que apareciera entre los decomisados, pero nunca ocurrió.
Gracias a él soy la persona y la profesional que soy hoy. Su nombre era Paco, y yo era su Lalita. Siempre va a estar en mi corazón.