Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
Más de cuarenta estudiantes del Colegio Cojowa llegaron al santuario de la Fundación Loros un lunes de mayo, y no vinieron con las manos vacías. Traían carteles que ellos mismos habían dibujado y rotulado sobre cuatro especies: la guacamaya, el loro cabeciazul (*Pionus menstruus*), el loro alinaranja (*Amazona amazónica*), el periquito y el periquito broncero. Uno por uno los fueron presentando ante sus compañeros, de pie junto al estanque de aguas verdosas que refleja los árboles del santuario, mientras el equipo de la Fundación —identificado con camisetas verdes— escuchaba y complementaba con explicaciones sobre la vida de esas aves en el bosque seco tropical.
Después de las presentaciones, el grupo se acomodó bajo la palapa, donde el equipo les explicó el procedimiento de reintegración a la naturaleza: ese camino cuidadoso que siguen los loros rescatados antes de volver al monte. La tarde cerró con bandejas de papaya, mango y otras frutas tropicales que los pelados compartieron entre el zumbido de los árboles y las voces mezcladas con el aire de la reserva. Alejandro, del equipo de campo, documentó cada momento de una visita que los niños, claramente, habían preparado con juicio.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.