Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
El domingo 3 de mayo, Alberto llegó al sitio de liberación con el alimento del día y encontró lo que el equipo esperaba confirmar: las cinco guacamayas escarlata (*Ara macao* ) recién liberadas siguen cerca. Cuatro de ellas se quedaron en los alrededores de las jaulas, posadas sobre las perchas y plataformas de bambú con el cerro boscoso de fondo; la quinta no se vio, pero su voz llegó nítida desde el frente del cerro, inconfundible entre la espesura.
Lo que Alberto también notó —y vale la pena contarlo— es que las recién liberadas no andan solas. Una cheja (*Ara severus*) y una guacamaya azul y amarilla (*Ara ararauna*) con largo historial en el santuario vuelan activas por la zona, patrullan, vigilan, y cuando alguna de las nuevas se aleja demasiado, parecen guiarla de regreso al área base. Son las veteranas del lugar, las que ya saben dónde están las perchas, el alimento y la sombra del cerro.
Hay algo en esa imagen —el rojo encendido de las escarlatas nuevas y el azul y amarillo de las que ya conocen el territorio— que dice más de lo que cualquier dato puede resumir. El proceso sigue su curso, con buenas noticias desde Los Loros.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.