Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
Hay entradas a la reserva que no son senderos trazados en ningún mapa, sino caminos que el tiempo y el paso de la gente fueron dibujando sin permiso. La manga del pueblo es una de esas. José la conoce bien, y por eso la incluyó en su recorrido de control de hoy: llegar, mirar, confirmar.
En el árbol de tronco grueso que marca ese acceso, el letrero verde de la Fundación Loros seguía en su sitio, firme, anunciando que esto es área protegida y que la caza, la quema y la tala no tienen cabida aquí. Nada fuera de lo normal. Ningún rastro que encendiera una alarma. A veces eso —la calma, el orden, el letrero intacto— es exactamente la noticia.
José siguió su camino. El punto quedó registrado en las coordenadas 10.426319, -75.245452, como un nuevo pin en la memoria de la reserva.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.