Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
José Marín llevaba un rato caminando la ladera cuando encontró el punto. No lo buscaba — fue llegando, como suele pasar con los buenos lugares. Desde esa cima en las coordenadas 10.4281°N, 75.2449°O, el santuario entero se tiende abajo: el bosque espeso con las instalaciones de la Fundación semiocultas entre la vegetación, las jaulas de liberación asomando entre las copas, y más allá, quietas y plateadas bajo el cielo de abril, las ciénagas.
En primer plano, una zona abierta — terreno pelado, arbustos ralos, la huella de lo que el monte perdió — contrasta con la densidad verde que empieza metros más abajo. Pero lo que José notó ese miércoles no fue la herida sino la brisa, y la vista. Desde allí se puede ver al mismo tiempo el lugar donde los animales esperan y el lugar al que van: las jaulas y las ciénagas en un mismo horizonte, como si el camino entero cupiera en una sola mirada.
El punto quedó registrado en la bitácora del santuario como uno de los miradores más valiosos del área. José siguió su expedición.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.