Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
Fue Maicol quien los encontró ese enero, cerca del cerro El Peligro, con la cámara lista y los ojos bien abiertos. En la copa de un papayote en plena floración —ese árbol de flores amarillas que ilumina el monte como una llamarada— había una bandada de loros amazónicos moviéndose entre las ramas, arrancando pétalos y néctar con la confianza de quien conoce bien su despensa. El cielo azul despejado hacía que el verde del plumaje y el amarillo de las flores se vieran casi irreales.
Entre todos los individuos, uno se distinguió con claridad: el loro con banda B67 en la pata, parte del programa de seguimiento de la Fundación, ahí metido en el festín como cualquier otro miembro de la bandada. Las fotos que dejó Maicol no solo capturan el momento —capturan algo que el equipo ya sospechaba y que ahora queda registrado: a los loros amazónicos de Los Loros les encanta el papayote, y saben exactamente cuándo y dónde encontrarlo.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.