
lunes, 13 de abril de 2026
Carlos y Alberto, la fruta y el calendario del monte
Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
Ese lunes de abril, Carlos y Alberto salieron al santuario con las canastas vacías y regresaron con tres sabores distintos de la temporada: mangos de piel verde y amarilla, ciruelas costeñas —esa *Spondias purpurea* que va del verde rabioso al rojo encendido en cuestión de días— y carambolas, las que por estos lados llaman torombolo o fruta estrella. Los árboles estaban cargados, con las ramas llenas de frutos en todos los estados de madurez a la vez, como si el monte no se pudiera decidir entre guardar o soltar.
La cosecha va directamente a la dieta de los loros de la Fundación, pero hay algo más que frutas en esos cajones plásticos: hay información. Cada foto registrada ese día es un dato fenológico, una anotación en el calendario invisible que el santuario lleva sobre sus propios árboles — cuándo florece, cuándo carga, cuándo hay abundancia y cuándo hay escasez. Saber eso es, a la larga, saber cuándo los loros comen bien.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.








