Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
Alberto llegó temprano al santuario con las manos vacías y se fue con varias cajas llenas. Mayo es un mes generoso en Los Loros: los mangos ya estaban amarillo-anaranjados, pesados de madurez, y los mamoncillos colgaban en racimos verdes todavía aferrados a sus ramitas, como si la mata no quisiera soltarlos del todo.
La cosecha fue para los loros del santuario — frutas de la misma tierra donde viven, cortadas ese mismo día. En las cajas plásticas, el olor dulce de los mangos se mezclaba con la frescura vegetal de los mamoncillos recién arrancados. Cuatro cajones llenos, cuatro fotografías, y un trabajo sencillo que hace la diferencia en la dieta de las aves.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.