
Salvataggio nel Magdalena: la storia di Yoe
Di Cielo Maria Ruiz Rincón · Colombia, · Amazzone fronteblu (<em>Amazona ochrocephala</em>)
El loro cayó al río Magdalena…
Mi hermano lo rescató nadando, y el loro se encontraba herido. Desde el amor que le tengo a los animales, rogué a mis padres quedarnos con él para poder curarlo.
Lo llevamos a casa sin saber todo lo que sucedería. Desde ahí le pusimos Stiven, pero, cada que le decíamos “Stiven”, se enojaba y respondía:
—No… Yoe.
Desde ese momento lo llamamos Yoe.
Los primeros días
Con tan solo 12 años estaba pendiente de él. Tenía presente el mito que mis padres decían:
“Cuando le caes mal a un loro, este daña tus cosas o hace lo posible por demostrarlo”.
No quería eso, así que era quien más lo cuidaba. Con el tiempo generamos un vínculo de amor. Llegaba de la escuela y lo bañaba. Todos los días buscaba recetas saludables para loros… comencé a investigar todos sus cuidados.
Su jaula —de 1 m × 1 m— solo se usaba para dormir. Durante el día paseaba; incluso se metía en las ollas porque le gustaba el arroz, aunque yo no lo dejaba. Yoe estaba en muy buen estado: volaba cada mañana a mi habitación y decía:
—Hola, mi amor.
Le agarré el mayor cariño que podía tenerle a alguien.
Los problemas
Todo era muy lindo, hasta que Yoe empezó a “atacar” a mi mamá. Vivíamos en un apartamento: la cocina junto al balcón… Yoe volaba y la picaba. Decidimos encerrarlo cada vez que ella llegaba de trabajar.
Pasaron los años. En 2021, ya en grado décimo, empecé a preguntarme qué estudiar. Siempre me gustaron los animales; tener a Yoe por más de ocho años me enseñó que vale la pena aprender de ellos y valorarlos. Descubre que Biología reunía todo lo que quería.
Dilema y decisión
Yoe permanecía encerrado en vacaciones cuando estaba mi mamá; me dolía verlo así. Investigando con la Secretaría Distrital del Ambiente supe que ofrecían estabilidad, cuidado y valoración médica. Desde julio de 2021 lo pensé: cuestionaba qué era lo correcto… el amor no me dejaba imaginar mis tardes sin sus gritos.
El proceso tardó dos años en aceptarse. Conseguí una beca para Biología: mi meta era participar en su rehabilitación. Pero, al iniciar la universidad, tenía menos tiempo; mi familia no lo cuidaba bien. Lloraba al verlo encerrado.
El 8 de junio de 2024 llamé a la entidad. Programaron recoger a Yoe. El jueves, 7 : 30 a. m., llegaron con camioneta y jaula. Lo abracé intentando no llorar, pero Yoe me agarró con su pata… no quería irse. Firmé los permisos; le hicieron valoración médica (nunca le cortamos sus alas).
Vacío y noticias
Los días siguientes no escuché sus gritos a las 6 a. m.; llegó el vacío. Radiqué consulta: respondieron que era un loro muy activo, convivía pasivamente con otros. Me alegré… había sido lo correcto.
En agosto de 2024 volví a radicar. La carta decía que el 4 de julio Yoe murió.
La noticia me derrumbó; me pregunté si todo valió la pena. Lloré… pero entendí: los animales pertenecen a la naturaleza, no a nosotros. Estoy tranquila: lo cuidé como a nadie y velé por su bienestar.
Sin duda, me enseñó a amar mi carrera. Por el estudio… y por él… voy a terminar.
Analisi e riflessioni da Fundación Loros
La morte di Yoe sotto custodia istituzionale aggiunge uno strato scomodo alla narrazione: dimostra che consegnare un animale all'autorità ambientale non garantisce un lieto fine. Tuttavia, non invalida il principio secondo cui gli animali selvatici appartengono alla natura; interpella, piuttosto, le istituzioni responsabili di vegliare su di loro.
Il trasferimento di Yoe era necessario: l'appartamento non soddisfaceva più le sue esigenze fisiche né comportamentali. Ma il decesso rivela lacune—di infrastruttura, di personale o di protocolli—che devono essere riconosciute. Ogni pappagallo consegnato implica un dovere di trasparenza: esami clinici completi, registro pubblico degli incidenti, piani di arricchimento, monitoraggio post-rilascio e, se si verifica una morte, autopsia e rapporto che spieghino le cause e permettano di correggere le mancanze.
Per chi se ne prendeva cura, la notizia provoca lutto e domande: ne è valsa la pena? La risposta etica continua a essere sì. Optare per il rilascio assistito è stato coerente con il benessere della specie, non con la comodità umana. Il dolore personale si trasforma ora in motore di cambiamento: esigere standard migliori, sostenere centri che li rispettano davvero e, soprattutto, dissuadere altri dal tenere uccelli selvatici in cattività.
La lezione finale è duplice: amare è lasciar volare, e lasciar volare implica anche vigilare che le istituzioni incaricate di quel volo siano all'altezza della vita che ricevono.
