Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
Hacía meses que no sabíamos nada de Loreta. La última vez que la vimos, abrió las alas hacia un jobo alto y no miró atrás. Quizás fue a buscar a Lorenzo, quizás simplemente estuvo lista. Loreta es la número 14, una lora amazónica que llegó a Fundación Loros después de pasar su niñez entera en una jaula en Cartagena: no sabía volar, y cuando aprendió, tampoco quería. Esa clase de historia hace la reintegración más lenta, más incierta. Por eso cuando partió, nos quedamos con la esperanza apretada en la mano.
El 20 de febrero de 2026 apareció posada sobre la valla de madera, con su etiqueta colgando y las montañas de Villanueva detrás, verde sobre verde. Libre y entera. Sus plumas mostraban los mismos destellos amarillos y rojos de siempre, pero algo en ella era distinto: ya no era la lora que dudaba.
Este regreso no se explica sin los vecinos de Villanueva, esos que siembran papayas, cerezos, mangos y jobos y que conviven a gusto con los loros que pasan por sus ramas. Son ellos quienes sostienen, sin saberlo del todo, el mundo al que Loreta eligió pertenecer.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.