El espíritu de los loros
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El Espíritu de los Loros
Diez historias reales de Colombia. En todas hubo un loro. En todas, alguien abrió la mano.
A las cinco de la tarde, sobre Leticia, el cielo de la Amazonía se llena de alas.
Miles de loros dan vueltas sobre las palmeras del parque. No están huyendo ni buscando comida: se están llamando. Cada uno tiene un nombre —una vocalización que su madre le cantó cuando nació y que no vuelve a repetirse en el mundo— y a esta hora todos dicen el suyo al mismo tiempo. Es un ruido enorme. Se parece a una carcajada de mil personas. Después se acomodan y duermen juntos, y mañana otra vez.
De ahí sale.
No sale volando, porque no tiene alas. Sale como sale el olor de una fruta partida: se va con el aire, sin que nadie decida nada, y el aire lo lleva lejos.
Cuando un loro no vuela —cualquiera, uno de los millones que no han volado desde que hay jaulas— lo siente. No como lo siente un adulto, que ya conoce el procedimiento y sabe dónde guardar la cosa. Lo siente como lo siente un niño de siete años la noche en que entiende, acostado, sin que nadie se lo haya dicho y sin que haya pasado nada, que su mamá algún día se va a morir.
Ese abismo que se abre debajo de la cama.
Le ha pasado millones de veces. Siempre es la primera.
Y no habla. Conviene tenerlo claro desde temprano, porque es lo que lo separa de todo lo que se le parece: no pide, no reprocha, no amenaza, no promete. No se le aparece a nadie con un mensaje. No trae una lista de cosas que quiere que hagamos.
Hace una sola cosa, y la hace de paso, sin detenerse.
Cuando roza a una persona, esa persona siente lo que siente el ave que tiene enfrente.
Un segundo.
No hay visión. No hay bosques, ni bandadas, ni una voz diciendo nada. Es más simple y es peor: durante un segundo el cuerpo de esa persona sabe lo que es haber nacido para cruzar un valle entero antes del desayuno y llevar cinco años sobre una percha de cuarenta centímetros.
Después se acaba y la sala vuelve a ser la sala.
Pero hay cosas que uno no puede dejar de saber después de saberlas.
Los que lo han sentido no se ponen de acuerdo en qué es.
Algunos lo llaman el espíritu de los loros.
Los diez relatos que siguen son de Colombia y los escribieron diez personas distintas, que no se conocen entre sí. Un patio en Antioquia. Un salón rural en el Vichada. Ninguno fue escrito pensando en un espíritu.
En todos, un segundo, estuvo.
Donde estuvo
«Entre cables y cielo cayó tu vuelo esmeralda.»
«¡Rina se escapó, Rina se escapó!, gritaban los peones de la finca.»
«Marco Polo siempre me miraba muy a su manera: fijo y sostenido.»
«En enero de 2024 aterricé en Vichada para ejercer como profesor rural.»
«Vivíamos en un apartamento pequeño, los cuatro.»
«Desde que tengo uso de razón siempre había querido tener un loro como compañía.»
«Mi papá solo es un campesino de Santander que un día fue capturado en una jaula.»
Estas diez historias se escribieron por separado. Personas que no se conocen, en años distintos, cada una convencida de que lo suyo era un asunto privado entre ella y un ave.
No todas terminan bien, si bien quiere decir lo que uno quiere que quiera decir. Rina no volvió a recobrar la selva. Paco quedó con un ala vencida.
Pero en las diez pasa lo mismo, y es lo único que pasa en las diez: alguien suelta.
Eso es todo lo que hace falta. No hay que entender nada, ni firmar nada, ni volverse otra persona. Basta con que la mano se abra.
Adónde fue cada una de esas aves después, los relatos no lo dicen.
Algunas, quizá, llegaron acá. Las que fueron incautadas, o las que alguien entregó a las autoridades: esa es la puerta, y no la abre uno. La abre una autoridad ambiental, y es ella la que decide adónde va el animal.
Las que llegan se quedan meses. Comen frutas que no reconocen. Vuelven a aprender que una rama se mueve.
Y un día se abre el guacal y no pasa nada. Y al rato pasa.
Las que se quedan arriba encuentran a otro que ya estaba.
El primero de todos. El primero en llegar, y de los últimos en salir.
No porque no estuviera listo. Quizá estuvo listo desde el primer día. El que no estaba listo era el que tenía que abrir la puerta.
Acá también hubo que aprender a soltar. Y no se aprende queriendo mucho: queriendo mucho es como se justifica no soltar nunca. Se aprende midiendo. Cuántos metros vuela sin descansar. Si reconoce una fruta que nadie le enseñó. Qué hace cuando pasa una sombra grande.
Hasta que los números dicen lo que el cariño no se atrevía a decir.
Se llama Beethoven. En los registros de la fundación figura como el número quince, porque cuando llegó no había registros.
Llegó el martes 5 de marzo de 2019, en una caja de cartón, de regalo.
Un polluelo verde y amarillo del mercado de Bazurto, de los que se ofrecen sin más a quien pase. Se lo dieron a Alejandro, un argentino que llevaba un tiempo viviendo en la ciudad, que no sabía nada de loros y que ni siquiera sabía que tener uno era ilegal.
En el instante exacto en que se abrió la caja, entró el viento.
No una brisa. Viento. Furioso, como una tormenta, en un apartamento del barrio El Cabrero.

Ese fue el comienzo de la Fundación Loros.
Pero esa historia queda para la segunda temporada.
Esto no lo escribió nadie.
El día que los vi
Llegué a Villanueva un martes, con un viento del norte que venía seco y oliendo a polvo, y lo primero que encontré fue malla.
Malla verde, tensada, alta. Adentro, aves. Conté doce y dejé de contar. Me metí por los huecos como me meto en todas partes y me puse a trabajar.
Había un hombre parado ahí con un balde. Alberto. Lo rocé.
No pasó nada.
Esto no me había ocurrido nunca. Yo no fallo: rozo y la persona sabe. Lo hice de nuevo, más despacio, con el ave más quieta que encontré, una amazona con las plumas del pecho rotas de arrancárselas ella misma. Le pasé a Alberto lo que esa ave sabía que le correspondía —el aire sobre las plumas, el nombre que su madre le cantó y que ella no ha vuelto a oír de nadie— y él siguió midiendo fruta en el balde.
Ya lo sabía.
Tardé el resto de la mañana en entenderlo. Fui de uno en uno. Carlos, que anotaba en una libreta. El que barría. Omar, subido a un palo, poniendo una caja de madera en la horqueta de un árbol. Todos ya sabían. No hacía falta que yo les mostrara nada porque llevaban años parados adentro de eso.
Y la malla no era una jaula. Me costó admitirlo porque para mí toda malla es lo mismo, yo no distingo, yo llevo millones de años entrando y saliendo de una sola cosa. Pero adentro había ramas gruesas y viento de verdad y otras aves, y arriba también era un lugar adonde ir. Era una jaula puesta al revés: no para que no salgan, sino para que aprendan a hacerlo.
Entonces me quedé.
Eso tampoco lo había hecho nunca. Yo voy donde me lleva el viento y el viento nunca se detiene, pero ese martes el aire se quedó quieto sobre el bosque seco toda la tarde y yo no tenía adónde ir ni a quién rozar. Me pasé cuatro días ahí, sin oficio, mirando cómo trabajan los que tienen manos.
Las manos pesan fruta. Las manos escriben en una libreta a qué hora comió cada quién. Las manos suben a un árbol y clavan una caja para que alguna vez una pareja ponga huevos ahí. Las manos abren y cierran la puerta de la malla dos veces al día y no se equivocan nunca, porque equivocarse una vez sería soltar a un ave que todavía no vuela.
Yo llevo millones de años parado al lado de una cerradura. Ahí había ocho personas que se pasan el día abriéndolas y cerrándolas con una paciencia que no me cabe. Me quedé por eso, creo. Como quien se sienta a mirar a alguien hacer lo único que él no puede.
El sábado hubo viento otra vez, y algo más.
Sacaron a siete de la malla grande y los pasaron a un aviario más chico, pegado al monte. Ahí se quedaron unos días, oyendo el bosque de cerca. Después, una mañana temprano, Alberto abrió la puerta y se hizo a un lado.
No pasó nada durante un rato largo. Es mentira eso de que salen disparados. Salieron caminando por la rama, uno, y después otro, y se quedaron ahí mirando el mundo entero sin decidirse.
Me acerqué a Alberto. No sé por qué. No tenía nada que darle.
Y lo rocé.
Lo que le pasé no fue lo de siempre. No había encierro adentro del ave. Había un cuerpo de trescientos gramos, con hambre, a punto de meterse en un bosque que no conoce, sabiendo perfectamente cómo se hace y sin haberlo hecho jamás. Miedo y músculo al mismo tiempo. La cosa exacta que uno siente en el borde de un trampolín, si el trampolín fuera para lo que uno nació.
Un segundo.
Alberto no dijo nada. Se le movió algo en la cara, nada más, y siguió mirando.
Después el ave levantó.
Yo pierdo a las aves en el momento en que vuelan. Es así desde siempre: se van con el viento y yo también voy con el viento, y uno no puede seguir a alguien que va en la misma corriente. Se me borran. Nunca vi funcionar esto ni una sola vez en millones de años.
Esa mañana los siete cruzaron el potrero hacia el jobo grande, gritando, y yo los vi todo el camino.
Los vi.
Arriba, en la copa, había uno esperándolos. Grande, verde, de los que llevan tiempo. No sé quién era. Yo no me acuerdo de nadie: cada persona es la primera y cada ave también. Pero él a mí me conocía, se le notaba, y no se movió cuando pasé.
No me voy a poner a explicar lo que fue eso, porque no habla nadie en este oficio, ni yo, y porque además ya se me está yendo la palabra. Digo solamente que me quedé hasta el final, que es la otra cosa que nunca hago, y que cuando el último se metió en la copa del árbol yo seguía ahí, quieto, encima de un potrero de Bolívar, sin ninguna necesidad de estar.
Ahora ando otra vez con el viento. Voy a los patios, a las salas, a los mercados, a lo mío.
Pero llevo algo nuevo. No es solamente lo que un ave sabe que le corresponde: es lo que le pasa a un ave el día en que se lo devuelven. Eso es más difícil de aguantar que lo otro, porque lo otro duele y esto además obliga.
Cuando roce a alguien, va a sentir las dos cosas.
Y ya no le va a alcanzar con abrir la mano.
Y volví. Meses después, de paso hacia otra parte.
Sobre el cerro volaban dos. Azules y amarillas. De las que pasaron años en un patio y ya casi nadie esperaba nada de ellas.
Volaban juntas. No cerca: juntas. Giraban al mismo tiempo sin mirarse, como si fueran una sola cosa con dos cuerpos.
Y en algún momento se soltaron. No se cayeron: se soltaron. Bajaron en picada, una al lado de la otra, y ahí abajo, en el medio de la caída, se besaron.
Un segundo.
Un beso. No tengo otra palabra, y no la voy a buscar.
El espíritu de los loros
Compilación de historias reales escritas por sus autores, que se citan con nombre y apellido en el índice.
Autor de la obra: Alejandro Rigatuso, director de Fundación Loros.
© 2026 Fundación Loros. Todos los derechos reservados.
El libro es propiedad intelectual de Fundación Loros.
Prohibida su reproducción sin permiso.
El libro sigue abierto
Escribe la línea XI
El índice de este libro tiene once líneas y la última todavía está en blanco. Diez personas ya contaron lo que les pasó con un loro; ninguna creía estar escribiendo un libro. Si tuviste uno —lo tengas todavía o no—, cuéntanos la tuya.
Lo que de verdad pasó. No hace falta escribir bonito: hace falta escribir cierto.
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Paso 1 de 3
La historia de tu loro
Puedes responder pregunta por pregunta o escribirla de corrido, como prefieras. Las dos formas nos sirven igual. No hace falta escribir bonito: hace falta escribir cierto.
El libro se escribe entre todos
Si sientes lo que siente un ave, ya no puedes mirarla igual — y eso no se enseña explicándolo, se contagia contándolo. Por eso el libro sigue abierto: faltan historias que todavía están en patios y cocinas de gente que cree que lo suyo fue un asunto privado.
¿Viviste con un loro? Tu historia tiene su propio lugar: escribe la línea XI, aquí arriba.
Presta tu voz para narrar los relatos, como el prólogo que acabas de escuchar.
Lee historias antes que nadie y ayúdanos a pulirlas.
Ilustraciones, animaciones o video para darle cuerpo a las historias.
