El espíritu de los loros

El Espíritu de los Loros
Historias reales de loros y personas que nos invitan a sentir, soltar y reparar.
Viaja con el viento.
Cruza un patio a las cinco de la mañana y una cortina se infla en un cuarto con las ventanas cerradas con seguro.
Entra en una sala y el ventilador se detiene. No se apaga: se detiene, un instante, como si alguien le hubiera puesto la mano encima, y vuelve a andar solo.
Sube por el hueco de un edificio y en el noveno piso, en una cocina donde no hay mangos ni los ha habido nunca, huele a mango maduro. Alguien abre la nevera para averiguar. No hay nada. Cierra la nevera y sigue en lo suyo.
Lo esencial es invisible a los ojos, escribió Antoine de Saint-Exupéry.
Cuando un loro no vuela —cualquiera, uno de los millones que no han volado desde que hay jaulas— lo siente. No como lo siente un adulto, que ya conoce el procedimiento y sabe dónde guardar la cosa. Lo siente como lo siente un niño de siete años la noche en que entiende, acostado, sin que nadie se lo haya dicho y sin que haya pasado nada, que su mamá algún día se va a morir.
Ese piso que se abre debajo de la cama.
Le ha pasado millones de veces.
Siempre es la primera.
Y no habla. Conviene tenerlo claro desde temprano, porque es lo que lo separa de todo lo que se le parece: no pide, no reprocha, no amenaza, no promete. No se le aparece a nadie con un mensaje. No trae una lista de cosas que quiere que hagamos.
Hace una sola cosa, y la hace de paso, sin detenerse.
Cuando roza a una persona, esa persona siente lo que siente el ave que tiene enfrente.
Un segundo.
No hay visión. No hay bosques, ni bandadas, ni una voz diciendo nada. Es más simple y es peor: durante un segundo el cuerpo de esa persona sabe lo que es haber nacido para cruzar un valle entero antes del desayuno y llevar cinco años sobre una percha de cuarenta centímetros.
Después se acaba y la sala vuelve a ser la sala.
Pero hay cosas que uno no puede dejar de saber después de saberlas.
Los diez relatos que siguen son de Colombia y los escribieron diez personas distintas, que no se conocen entre sí. Un patio en Antioquia. Un salón rural en el Vichada. Ninguno fue escrito pensando en un espíritu.
En todos, un segundo, estuvo.
Donde estuvo
«Entre cables y cielo cayó tu vuelo esmeralda.»
«¡Rina se escapó, Rina se escapó!, gritaban los peones de la finca.»
«Marco Polo siempre me miraba muy a su manera: fijo y sostenido.»
«En enero de 2024 aterricé en Vichada para ejercer como profesor rural.»
«Vivíamos en un apartamento pequeño, los cuatro.»
«Desde que tengo uso de razón siempre había querido tener un loro como compañía.»
«Mi papá solo es un campesino de Santander que un día fue capturado en una jaula.»
Estas diez historias se escribieron por separado. Personas que no se conocen, en años distintos, cada una convencida de que lo suyo era un asunto privado entre ella y un ave.
No todas terminan bien, si bien quiere decir lo que uno quiere que quiera decir. Rina no volvió a recobrar la selva. Paco quedó con un ala vencida.
Pero en las diez pasa lo mismo, y es lo único que pasa en las diez: alguien suelta.
Eso es todo lo que hace falta. No hay que entender nada, ni firmar nada, ni volverse otra persona. Basta con que la mano se abra.
Adónde fue cada una de esas aves después, los relatos no lo dicen.
Algunas, quizá, llegaron acá. Las que fueron incautadas, o las que alguien entregó a las autoridades: esa es la puerta, y no la abre uno. La abre una autoridad ambiental, y es ella la que decide adónde va el animal.
Las que llegan se quedan meses. Comen frutas que no reconocen. Vuelven a aprender que una rama se mueve.
Y un día se abre el guacal y no pasa nada. Y al rato pasa.
Las que se quedan arriba encuentran a otro que ya estaba.
El primero de todos. El primero en llegar, y de los últimos en salir.
No porque no estuviera listo. Quizá estuvo listo desde el primer día. El que no estaba listo era el que tenía que abrir la puerta.
Acá también hubo que aprender a soltar. Y no se aprende queriendo mucho: queriendo mucho es como se justifica no soltar nunca. Se aprende midiendo. Cuántos metros vuela sin descansar. Si reconoce una fruta que nadie le enseñó. Qué hace cuando pasa una sombra grande.
Hasta que los números dicen lo que el cariño no se atrevía a decir.
Se llama Beethoven. En los registros de la fundación figura como el número quince, porque cuando llegó no había registros.
Llegó el martes 5 de marzo de 2019, en una caja de cartón, de regalo.
Un polluelo verde y amarillo del mercado de Bazurto, de los que se ofrecen sin más a quien pase. Se lo dieron a Alejandro, un argentino que llevaba un tiempo viviendo en la ciudad, que no sabía nada de loros y que ni siquiera sabía que tener uno era ilegal.
En el instante exacto en que se abrió la caja, entró el viento.
No una brisa. Viento. Furioso, como una tormenta, en un apartamento del barrio El Cabrero.

Ese fue el comienzo de la Fundación Loros.
Pero esa historia queda para la segunda temporada.
El espíritu de los loros
Compilación de historias reales escritas por sus autores, que se citan con nombre y apellido en el índice.
Autor de la obra: Alejandro Rigatuso, director de Fundación Loros.
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El libro es propiedad intelectual de Fundación Loros.
Prohibida su reproducción sin permiso.
