Skip to content
Fundación Loros

El espíritu de los loros

Tapa del libro El espíritu de los loros: un loro de luz dorada alzando el vuelo sobre una caja de cartón donde espera un polluelo verde.

El Espíritu de los Loros

Diez historias reales de Colombia. En todas hubo un loro. En todas, alguien abrió la mano.

Leer el libro

Los diez relatos que siguen son de Colombia y los escribieron diez personas distintas, que no se conocen entre sí. Un patio en Antioquia. Un salón rural en el Vichada. Ninguno fue escrito pensando en un espíritu.

En todos, un segundo, estuvo.

Donde estuvo

I
Plumas tejidas, espíritus eternos, verde destino
Carolina Mesa Trujillo

«Entre cables y cielo cayó tu vuelo esmeralda.»

II
Coro de guacamayas
Carlos Andrés Paniagua Delgado

«¡Rina se escapó, Rina se escapó!, gritaban los peones de la finca.»

III
Del otro lado del amor
Esneider Giraldo Martínez

«Marco Polo siempre me miraba muy a su manera: fijo y sostenido.»

IV
El vuelo de Lulú
Chris Valderrama

«Hoy es 7 de abril de 2025, día de mi cumpleaños número 31.»

V
La Paquedad de Paco
Natalia Plumaverde

«Desde niña mi animal favorito son los loros.»

VI
Azul se quedó solo
Andrés Perez Álvares

«Azul se quedó solo. Nadie lo dijo, pero él lo supo.»

VII
Lorenzo va a la escuela
Elver Camilo Gómez Hincapié

«En enero de 2024 aterricé en Vichada para ejercer como profesor rural.»

VIII
Fermín nos enseñó a volar
Sol Hannah Plazas Alguirre

«Vivíamos en un apartamento pequeño, los cuatro.»

IX
El rescate de Lorenzo y Margarita
Migue

«Desde que tengo uso de razón siempre había querido tener un loro como compañía.»

X
Mi papá no es una guacamaya
Yeraldilsa Gamboa Suárez

«Mi papá solo es un campesino de Santander que un día fue capturado en una jaula.»

XI
Tu historia
Tu nombre, o el que elijas
CODA

Esto no lo escribió nadie.

El día que los vi

Llegué a Villanueva un martes, con un viento del norte que venía seco y oliendo a polvo, y lo primero que encontré fue malla.

Malla verde, tensada, alta. Adentro, aves. Conté doce y dejé de contar. Me metí por los huecos como me meto en todas partes y me puse a trabajar.

Había un hombre parado ahí con un balde. Alberto. Lo rocé.

No pasó nada.

Esto no me había ocurrido nunca. Yo no fallo: rozo y la persona sabe. Lo hice de nuevo, más despacio, con el ave más quieta que encontré, una amazona con las plumas del pecho rotas de arrancárselas ella misma. Le pasé a Alberto lo que esa ave sabía que le correspondía —el aire sobre las plumas, el nombre que su madre le cantó y que ella no ha vuelto a oír de nadie— y él siguió midiendo fruta en el balde.

Ya lo sabía.

Tardé el resto de la mañana en entenderlo. Fui de uno en uno. Carlos, que anotaba en una libreta. El que barría. Omar, subido a un palo, poniendo una caja de madera en la horqueta de un árbol. Todos ya sabían. No hacía falta que yo les mostrara nada porque llevaban años parados adentro de eso.

Y la malla no era una jaula. Me costó admitirlo porque para mí toda malla es lo mismo, yo no distingo, yo llevo millones de años entrando y saliendo de una sola cosa. Pero adentro había ramas gruesas y viento de verdad y otras aves, y arriba también era un lugar adonde ir. Era una jaula puesta al revés: no para que no salgan, sino para que aprendan a hacerlo.

Entonces me quedé.

Eso tampoco lo había hecho nunca. Yo voy donde me lleva el viento y el viento nunca se detiene, pero ese martes el aire se quedó quieto sobre el bosque seco toda la tarde y yo no tenía adónde ir ni a quién rozar. Me pasé cuatro días ahí, sin oficio, mirando cómo trabajan los que tienen manos.

Las manos pesan fruta. Las manos escriben en una libreta a qué hora comió cada quién. Las manos suben a un árbol y clavan una caja para que alguna vez una pareja ponga huevos ahí. Las manos abren y cierran la puerta de la malla dos veces al día y no se equivocan nunca, porque equivocarse una vez sería soltar a un ave que todavía no vuela.

Yo llevo millones de años parado al lado de una cerradura. Ahí había ocho personas que se pasan el día abriéndolas y cerrándolas con una paciencia que no me cabe. Me quedé por eso, creo. Como quien se sienta a mirar a alguien hacer lo único que él no puede.

El sábado hubo viento otra vez, y algo más.

Sacaron a siete de la malla grande y los pasaron a un aviario más chico, pegado al monte. Ahí se quedaron unos días, oyendo el bosque de cerca. Después, una mañana temprano, Alberto abrió la puerta y se hizo a un lado.

No pasó nada durante un rato largo. Es mentira eso de que salen disparados. Salieron caminando por la rama, uno, y después otro, y se quedaron ahí mirando el mundo entero sin decidirse.

Me acerqué a Alberto. No sé por qué. No tenía nada que darle.

Y lo rocé.

Lo que le pasé no fue lo de siempre. No había encierro adentro del ave. Había un cuerpo de trescientos gramos, con hambre, a punto de meterse en un bosque que no conoce, sabiendo perfectamente cómo se hace y sin haberlo hecho jamás. Miedo y músculo al mismo tiempo. La cosa exacta que uno siente en el borde de un trampolín, si el trampolín fuera para lo que uno nació.

Un segundo.

Alberto no dijo nada. Se le movió algo en la cara, nada más, y siguió mirando.

Después el ave levantó.

Yo pierdo a las aves en el momento en que vuelan. Es así desde siempre: se van con el viento y yo también voy con el viento, y uno no puede seguir a alguien que va en la misma corriente. Se me borran. Nunca vi funcionar esto ni una sola vez en millones de años.

Esa mañana los siete cruzaron el potrero hacia el jobo grande, gritando, y yo los vi todo el camino.

Los vi.

Arriba, en la copa, había uno esperándolos. Grande, verde, de los que llevan tiempo. No sé quién era. Yo no me acuerdo de nadie: cada persona es la primera y cada ave también. Pero él a mí me conocía, se le notaba, y no se movió cuando pasé.

No me voy a poner a explicar lo que fue eso, porque no habla nadie en este oficio, ni yo, y porque además ya se me está yendo la palabra. Digo solamente que me quedé hasta el final, que es la otra cosa que nunca hago, y que cuando el último se metió en la copa del árbol yo seguía ahí, quieto, encima de un potrero de Bolívar, sin ninguna necesidad de estar.

Ahora ando otra vez con el viento. Voy a los patios, a las salas, a los mercados, a lo mío.

Pero llevo algo nuevo. No es solamente lo que un ave sabe que le corresponde: es lo que le pasa a un ave el día en que se lo devuelven. Eso es más difícil de aguantar que lo otro, porque lo otro duele y esto además obliga.

Cuando roce a alguien, va a sentir las dos cosas.

Y ya no le va a alcanzar con abrir la mano.

Y volví. Meses después, de paso hacia otra parte.

Sobre el cerro volaban dos. Azules y amarillas. De las que pasaron años en un patio y ya casi nadie esperaba nada de ellas.

Volaban juntas. No cerca: juntas. Giraban al mismo tiempo sin mirarse, como si fueran una sola cosa con dos cuerpos.

Y en algún momento se soltaron. No se cayeron: se soltaron. Bajaron en picada, una al lado de la otra, y ahí abajo, en el medio de la caída, se besaron.

Un segundo.

Un beso. No tengo otra palabra, y no la voy a buscar.

Esto no es IA: es la realidad, en Fundación Loros. Las guacamayas 3 y 6 sobre el cerro El Peligro, después de su liberación. Video: John Calderón (@avistadorurbano).

El espíritu de los loros

Compilación de historias reales escritas por sus autores, que se citan con nombre y apellido en el índice.

Autor de la obra: Alejandro Rigatuso, director de Fundación Loros.

© 2026 Fundación Loros. Todos los derechos reservados.

El libro es propiedad intelectual de Fundación Loros.

Prohibida su reproducción sin permiso.

El libro sigue abierto

Escribe la línea XI

El índice de este libro tiene once líneas y la última todavía está en blanco. Diez personas ya contaron lo que les pasó con un loro; ninguna creía estar escribiendo un libro. Si tuviste uno —lo tengas todavía o no—, cuéntanos la tuya.

Qué buscamos

Lo que de verdad pasó. No hace falta escribir bonito: hace falta escribir cierto.

Cuánto toma

Entre veinte y cuarenta minutos. Puedes cerrar la página y volver: el borrador queda guardado en este navegador.

Qué pasa después

Leemos todas las historias. Si la tuya entra al libro, te avisamos antes y aparece con el nombre que elijas.

1La historia2Quién eres3Permisos

Paso 1 de 3

La historia de tu loro

Puedes responder pregunta por pregunta o escribirla de corrido, como prefieras. Las dos formas nos sirven igual. No hace falta escribir bonito: hace falta escribir cierto.

¿Lo encontraste, te lo regalaron, lo rescataste, llegó de otra manera?
Cómo era la convivencia, qué aprendiste de él, qué momentos no se te olvidan.
Puede ser un momento feliz, triste o incómodo. Los detalles son lo que hace que una historia se sienta.
Si hubo un momento exacto, cuéntalo. Si fue de a poco, también.
Qué te cambió, qué no esperabas aprender de un ave.
Opcional. Lo que no cupo en las preguntas de arriba.
Si no sabes el nombre exacto, descríbelo.
Opcional. Nos ayudan a ilustrar la historia. Hasta 50 MB cada uno.
 

El libro se escribe entre todos

Si sientes lo que siente un ave, ya no puedes mirarla igual — y eso no se enseña explicándolo, se contagia contándolo. Por eso el libro sigue abierto: faltan historias que todavía están en patios y cocinas de gente que cree que lo suyo fue un asunto privado.

Historias

¿Viviste con un loro? Tu historia tiene su propio lugar: escribe la línea XI, aquí arriba.

Voces

Presta tu voz para narrar los relatos, como el prólogo que acabas de escuchar.

Revisión

Lee historias antes que nadie y ayúdanos a pulirlas.

Arte

Ilustraciones, animaciones o video para darle cuerpo a las historias.

Come vuoi collaborare? *