
martes, 5 de marzo de 2019
El principio de todo
Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
En 2019, Rosángela recibió en el apartamento un polluelo verde y amarillo en una caja de cartón. Lo había conseguido en el mercado de Bazurto, donde alguien se lo ofreció sin más, y ella lo aceptó sin saber que la tenencia de un loro amazónico era ilegal en Colombia. Su novio, Alejandro Rigatuso, ciudadano argentino que llevaba un tiempo viviendo en la ciudad, lo recibió sorprendido, como un regalo se su novia.
Lo que siguió fue pura improvisación: un aparato de gimansia turquesa como cuna, una jeringa y una cuchara como instrumentos de cría, e internet como único veterinario disponible. Alejandro leía, intentaba, ajustaba. El pichón crecía despacio, con plumas que iban cubriendo el plumón gris, los ojos cada vez más despiertos.
Beethoven fue el primero —aunque en los registros de la Fundación Loros figure como el número 15. Esa paradoja dice todo sobre cómo empiezan las cosas importantes: sin protocolo, sin nombre, sin que nadie sepa todavía que ese momento va a importar. Un regalo inesperado en un apartamento del barrio El Cabrero, y la urgencia de devolver ese pequeño cuerpo verde a donde pertenecía.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.



























