
La segunda oportunidad de Lilo
Por Laura Sánchez · Colombia, Santa Marta · Periquito de alas amarilla (Brotogeris jugularis)
Aquel día, salía de urgencias después de esperar varias horas para que me atendieran. En la entrada del hospital, vi a un señor sentado en el andén, sosteniendo un periquito contra su pecho. El ave, minutos antes, se había estrellado contra la ventana de urgencias. Estaba decaído, respiraba con dificultad y su pico sangraba. El hombre no sabía qué hacer, así que me acerqué y le dije que me haría responsable de aquel pequeño. Recogí al periquito con cuidado y corrí hacia la calle, buscando una veterinaria que atendiera fauna silvestre. Llamé a varias y ninguna me ayudó. Entre lágrimas, llamé a mi mamá y le pedí que me lo llevara a casa para que no muriera solo. Minutos después, mi mamá logró contactar a una clínica que aceptó atender aves silvestres.
Llegamos a la veterinaria alrededor de las 7 p.m. El doctor nos recibió, examinó al periquito y dijo que necesitaba una radiografía para descartar daños internos, pues la sangre ensuciaba su pecho y el ave respiraba con mucha dificultad. Algo tan pequeño y frágil requería toda mi atención. Pagaría lo que fuera necesario. Le hicieron los exámenes, le colocaron una inyección y me informaron que aquella noche sería decisiva. Para que no sintiera frío, le preparé una cajita con un palito donde posarse, y cada hora le revisaba el pulso. Al día siguiente, Lilo—como decidí llamarlo—estaba vivo. Lo pasé a una jaulita para seguir cuidándolo.
Años atrás, había comprado dos periquitos en el centro de Barranquilla para darles otra oportunidad de vida; sus dueños no los cuidaban bien. Vivíamos en una zona rural, y un día, por descuido, los dos escaparon y nunca los recuperé. Recuerdo que encontraron un buen hábitat; por eso, cuando vi a Lilo en su jaula dormitando y comiendo, noté algo en sus ojos: el deseo de volar. Lo saqué al sol en su jaulita y vi que intentaba meterse por los barrotes, convencido de que había llegado el momento de regresar a la libertad. Me asusté al pensar que podría ahorcarse en el intento, pero él insistía: era su señal para volver al bosque.
Contacté a una amiga animalista, quien me dio el número del Centro de Fauna de Corpomag. Pensé que tardarían días en contestar, pero en pocos minutos me llamaron. Treinta minutos después, llegaron a buscar a Lilo. Aquellos cinco días de cuidados habían sido intensos: lo alimenté, limpié su jaula y, sobre todo, lo miré a los ojos para entender su sufrimiento. Aunque deseaba quedármelo, su lugar no era en una jaulita sino entre las ramas. Fue muy duro entregarlo, pero sabía que era lo correcto. Lilo merecía volar libre.
Mientras observaba cómo se alejaban con su jaula, recordé que, un año antes, sufrí una trombosis cerebral. La recuperación fue milagrosa: salí de aquel episodio sin secuelas. Ver a Lilo luchando me hizo pensar en la oportunidad que me habían dado a mí, y comprendí que mi deber era ayudarlo a seguir con vida y, luego, devolverlo a su hábitat.
Ahora, sé que Lilo está volando, y me consuela pensar que le di una segunda oportunidad. Sus ojitos detrás de la jaula me enseñaron que un loro no debe vivir encerrado, sino en un árbol, sintiendo el viento. Aunque lloré al entregarlo, me queda la satisfacción de haber hecho lo correcto. Conservo las fotos de su proceso y, sobre todo, el recuerdo de su mirada decidida: él no quería estar enjaulado, quería volar.
Análisis y reflexiones desde Fundación Loros
La historia de Lilo y Laura ilustra la fuerza transformadora de la empatía y la compasión en la relación humano-animal. Cuando Laura encuentra a Lilo, un periquito herido y exhausto tras estrellarse contra la ventana de Urgencias, decide asumir la responsabilidad de su cuidado pese a las dificultades: encuentros con veterinarias que rehúsan atender fauna silvestre, noches de incertidumbre, y el deseo de protegerlo de la soledad. Ese compromiso revela la sensibilidad de Laura: ella no ve al pajarito como un trofeo ni como un simple animal de compañía, sino como un ser vulnerable que merece una segunda oportunidad.
Al brindarle alojamiento, alimento y cariño, Laura reconstruye la vida de Lilo, pero también aprende de él. Recuerda sus propios momentos de fragilidad (su trombosis cerebral) y comprende que ambas historias comparten un núcleo de apoyo y resurgimiento. Sin embargo, Lilo demuestra su propia voluntad cuando, tras meses de recuperación, insiste en desplegar sus alas y volar de nuevo. Esta señal inequívoca conduce a Laura a buscar canales oficiales—una fundación, los técnicos de Corpomag—para entregar al periquito a manos expertas. Es un primer paso de un proceso de liberación asistida, que no nace de la simple emoción de soltarlo sino de un plan para asegurar que su regreso al entorno silvestre sea seguro y exitoso.
Al final, la felicidad de Lilo al volar libre no solo confirma la decisión correcta de Laura, sino que también despierta en ella una convicción ética: los animales salvajes no pertenecen a nuestras jaulas, sino que merecen regresar a su hábitat. La historia nos enseña que el amor verdadero se traduce en respetar la naturaleza del otro, y que brindar una “segunda oportunidad” implica acompañar con responsabilidad el camino de la recuperación y la reinserción.
