
viernes, 20 de marzo de 2026
El día que el bosque recibió a sus inquilinos
Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros
El 20 de marzo, en un rincón de bosque húmedo de la Fundación Loros, una fila poco usual atravesó el sotobosque: policías, marinos de la Armada Nacional, funcionarios del EPA Cartagena y el equipo de la Fundación cargando jaulas transportadoras entre la hojarasca. Adentro viajaban zarigüeyas jóvenes —esas criaturas de hocico afilado y ojos como botones negros— junto a tortugas de caparazón gris oscuro y un búho de plumaje café que miraba el mundo con esa calma solemne que tienen los nocturnos de día.
Cuando abrieron las jaulas, no hubo ceremonia. Las zarigüeyas se escabulleron entre las hojas como si siempre hubieran sabido que ese era su lugar. Las tortugas avanzaron despacio, a su ritmo, hacia la vegetación baja. El búho encontró las ramas bajas de un árbol y se quedó quieto, camuflado entre los tallos secos, esperando que el mundo se olvidara de él. Alguien los siguió con un celular de funda azul, tratando de capturar el momento antes de que el monte se los tragara.
El acta oficial con el detalle de todas las especies y los números exactos está en camino —la manda el Centro de Atención de Primates—, pero las fotos ya dicen bastante: un bosque que esa tarde recibió de vuelta a algunos de sus inquilinos más discretos.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.












