Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
Alberto llegó al santuario del Proyecto Ara con los cajones cargados: mangos en todos sus estados —verdes, a medio madurar, con ese primer rubor anaranjado que les da el sol de junio— y una canasta generosa de mamoncillo todavía en sus ramas. Las plataformas de alimentación no tardaron en llenarse. Unas veinte guacamayas —rojas, azules, amarillas— descendieron a las perchas de madera suspendidas sobre las colinas verdes, y el santuario se convirtió por un rato en lo que solo puede describirse como un incendio de colores quietos.
Las aves se veían bien. Comían con calma en semilibertad, como si ese paisaje de vegetación tropical y cielo despejado fuera exactamente el que les correspondía. Detrás de ellas, apenas visible, la malla del aviario y el letrero del Proyecto Ara recordaban que todo esto tiene historia y cuidado detrás. Alberto repartió la fruta, revisó que todo estuviera en orden, y así cerró la jornada.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.
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