
Mi papá no es una guacamaya
Por Yeraldilsa Gamboa Suárez · Colombia, Santander · Guacamaya bandera (Ara Macao)
Mi papá no es una guacamaya… no surca los cielos con hermosos colores… no extiende sus alas para besar el aire. Mi papá solo es un campesino de Santander que un día fue capturado en una jaula; esta es su historia.
Alberto, mi papá, era líder comunal de una vereda en un municipio tan mágico como la niebla que descendía con suavidad y arropaba las montañas. La puerta de nuestra casa fue golpeada el 20 de julio de 2003, a las 3 a. m., aproximadamente. Mi tío Osvaldo y don Segundo lo estaban invitando a “sacar la guerrilla” y él, sin hacer caso a las súplicas de mi hermano de 11 años, se fue.
Bien dicen que, después de acostarse, aunque llamen a la puerta, no hay que salir… Aquella madrugada, mi papá y sus compañeros dispararon por error a un vecino de la vereda. Su afán de hacer justicia por mano propia habría desatado un nuevo conflicto que los llevaría a la cárcel y, más tarde, a huir para no ser presas de la venganza… venganza que buscaba muerte.
La violencia en Colombia no es sino el recrudecimiento de rencores que, como diría Germán Castro Caycedo, no nos pertenecen. Asistimos a una guerra que no es nuestra, pero nos ha hecho suyos de manera cruel y despiadada.
Un día, muchos años después, llegó Fernanda, una guacamaya que, después de estar en cautiverio, fue rescatada por la Corporación Autónoma de Santander y liberada en zona rural del municipio de La Paz. Desde lejos sus colores resaltaban entre los árboles: la viveza de los tonos naranjas y rojizos, un toque de amarillo y el equilibrio de un azul petróleo. Era, sin duda, el ave más grande y llamativa que yo había visto en mi vida.
Fui por mi cámara y la guardé en un rinconcito de mi memoria fotográfica y de mi corazón. Allí me regaló una postal bellísima: se posó en el brazo de mi papá, tranquilamente, a comer banano, mientras él sonreía y la contemplaba.
Pudo ser solo coincidencia, pero nos recordó lo valiosa que es la libertad y el derecho que tienen todas las aves —todos los animales— de ser siempre libres. Si una persona, aun cometiendo errores, ve la cárcel como el peor castigo, ¿cómo puede ser que para los humanos sea paisaje condenar a la misma suerte a un animal? Fernanda vino a decirnos que la violencia no es solo el conflicto armado cruel y ruin, sino todo acto que arrebata la libertad de un ser vivo y su derecho a habitar la naturaleza.
Sin pronunciar palabra, supe cómo mi papá se vio reflejado en los ojos de Fernanda… cómo deseó que nadie volviera a detener sus alas ni su vuelo. Eso no me lo contó él; me lo contaron las lágrimas en sus mejillas cuando aquella guacamaya retomó su viaje y se perdió entre los árboles.
Análisis y reflexiones desde Fundación Loros
Cuando Fernanda, la guacamaya rehabilitada, se posó en el brazo de Alberto, la escena bastó para subrayar un contraste: un ave que recupera su vuelo frente a un hombre que conoció la reclusión por un error armado. Observándolos, la pregunta se impone sin dramatismos:
«Si una persona, aun cometiendo errores, ve la cárcel como el peor castigo, ¿por qué normalizamos la misma condena para un animal silvestre?»
La reflexión es directa. Encerrar a un loro, aun con buenas intenciones, replica la lógica punitiva que repudiamos cuando recae sobre los humanos. En cambio, el proceso que llevó a Fernanda de la jaula al bosque demuestra una vía más coherente: rescatar, rehabilitar, liberar. El objetivo no es proveer entretenimiento doméstico, sino restituir la función ecológica y la autonomía de la especie.
Al final, Fernanda alza vuelo y desaparece entre los yarumos. No hace falta mayor emotividad para extraer la conclusión: respetar la libertad de otros seres es parte de una ética que, aplicada a tiempo, evita repetir con la fauna los errores cometidos entre nosotros.
