Por Alejandro Rigatuso, Fundador y Director de Fundación Loros·Revisado por Alejandro Rigatuso
El Día del Padre, el Cerro el Peligro amaneció envuelto en una neblina espesa que difuminaba los árboles y borraba los bordes del monte. Alberto ya estaba en su puesto. Como cualquier mañana, preparó tres bandejas metálicas con papaya, guayaba y mango fresco, y las dejó dispuestas sobre la mesa de madera bajo la sombra de los árboles. El dato de la neblina quedó anotado — en la Fundación quieren saber en qué épocas del año el cerro amanece así, cubierto y húmedo.
Lo que llegó a comer valió el registro: los guacamayos liberados hace apenas unos meses ya se mueven en bandada. No era un pájaro suelto ni dos. Era un grupo, volando y posándose juntos, con la coordinación propia de quienes ya se reconocen entre sí. Entre ellos estaba el loro número 33 —medalla al cuello, plumas verdes con amarillo en la cabeza y destellos rojos en las alas— posado tranquilo con un trozo de fruta en el pico y la neblina del cerro de fondo, mezclado con los guacamayos como si siempre hubiera pertenecido a ese grupo.
Sobre el autor
Alejandro Rigatuso · Fundador y Director de Fundación Loros
Alejandro Rigatuso llegó a la Fundación Loros después de años como vicepresidente de Growth Marketing en Toptal, y trajo consigo una mirada poco convencional: sabe que un animal está bien por los ojos, "bien, bien abiertos". Lorenzo, el primer loro liberado, recapturado varias veces y siempre vuelto a volar, lo marcó para siempre. Al atardecer, cerca de las cinco y media, lo encuentras en el Mirador de las Ciénagas o rondando el Cerro El Peligro, imaginando torres de observación y cientos de loros nativos sobrevolando una reserva que una comunidad entera sienta suya.
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