
Comederos para fauna silvestre: puente hacia la libertad o imán hacia el peligro
Un comedero no es bueno ni malo. Lo que decide su valor es la dirección en la que empuja al animal.
Por Alejandro Rigatuso, fundador de Fundación Loros · Villanueva, Bolívar, Colombia · 30 de julio de 2026
El error de plantear mal la pregunta
Cada cierto tiempo alguien nos escribe con la misma inquietud: ¿no es contradictorio que una fundación que quiere devolver loros a la libertad los alimente? Y del otro lado, con la misma frecuencia, alguien nos pregunta si debería poner un comedero en su finca para "ayudar a la fauna".
Las dos preguntas comparten un supuesto equivocado: que alimentar fauna silvestre es, en sí mismo, algo bueno o algo malo. No lo es. La literatura científica de las últimas dos décadas es contundente en un punto y ambigua en casi todos los demás: el mismo dispositivo —una bandeja con comida— produce resultados opuestos según a quién se lo pongas, dónde, en qué horario y con qué propósito.
La pregunta útil no es ¿alimentar sí o no? La pregunta útil es:
¿Este comedero está moviendo al animal desde el cautiverio hacia la libertad, o desde la libertad hacia el mundo humano?
Ese es el eje. Todo lo demás —higiene, tipo de alimento, número de estaciones— importa, pero es secundario. Un comedero impecable apuntando en la dirección equivocada sigue siendo un problema.
La distinción que ordena todo: ¿hacia dónde apunta?
Los usos de un comedero se ordenan en tres categorías nítidas. No se distinguen por el aparato, ni por el alimento, ni por la especie. Se distinguen por la dirección del tránsito.
1. El puente — de la jaula al bosque
El animal viene del cautiverio. No sabe volar bien, no conoce el territorio, no sabe dónde hay agua, no ha visto nunca un árbol frutal de su región. El comedero es lo que le compra tiempo para aprender sin morirse de hambre en el intento.
La secuencia es:
animal en cautiverio → proceso de rehabilitación dentro de aviarios → comedero exterior → libertad con puerto seguro → exploración progresiva → navegación → descubrimiento de fuentes naturales de alimento → dependencia decreciente
Cada flecha de esa cadena apunta hacia afuera, hacia el bosque.
Dos efectos que se combinan
Vale la pena detenerse en por qué esa cadena funciona, porque el comedero hace dos cosas a la vez. La primera es la del puerto. El ave sale en la mañana, se aleja un poco más cada día, prueba una rama nueva, se equivoca, y al caer la tarde vuelve a un lugar donde sabe que hay agua y comida. La exploración deja de ser una apuesta de todo o nada: puede arriesgar el vuelo largo porque tiene a dónde regresar si el bosque todavía no le dio de comer.
La segunda es la del anclaje. Mientras el cuerpo se afina —mientras el vuelo se vuelve más fuerte y la reacción más ágil—, el comedero mantiene al ave cerca de una zona conocida y la aleja de los sitios donde aún no sabría defenderse: el monte con más depredadores, los bordes donde aparecen los humanos. No la encierra; le da un centro que pesa menos a medida que se vuelve más independiente. El mismo dispositivo cumple las dos funciones a la vez: sostiene y protege.
Una ventana para observar sin perseguir
Hay un tercer efecto, y este nos sirve a nosotros. Cuando la bandada se congrega en un punto conocido, podemos leerla sin perseguirla: contar cuántas llegaron, reconocer la medalla de cada individuo, verificar quién volvió y detectar temprano a un ave decaída o herida. El comedero convierte la liberación en algo que podemos seguir de cerca, en lugar de soltar y esperar.
Esa ventana no lo resuelve todo —más adelante vuelvo sobre lo que un ave que deja de venir todavía no nos permite afirmar—, pero reduce muchísimo la parte que antes quedaba a ciegas. Y es esa reducción la que nos deja hablar con datos.
La evidencia lo respalda con claridad. La revisión de 47 reintroducciones de psitácidos en nueve países identificó la duración del aporte suplementario de alimento como uno de los predictores consistentes de éxito, junto con la presión de depredación del sitio y la calidad del hábitat. Retirar el alimento demasiado pronto es una de las causas evitables de fracaso.
Nuestros propios datos, revisados por pares en Bird Conservation International, van en la misma dirección. En la liberación de 18 loros Amazona ochrocephala jóvenes, confiscados del tráfico y preparados con entrenamiento de vuelo libre: 72% seguía vivo al año, 94% al mes, 89% a los tres meses. El 100% de las aves usó los comederos, con 100% de cohesión de bandada y 94% de fidelidad al sitio.
Esas cifras no describen aves dependientes. Describen aves que tuvieron dónde volver mientras aprendían el bosque. Y lo que ocurre después lo dice todo: nuestros loros descubrieron solos el guásimo, el hobo, la palma de vino, el mamoncillo, la ciruela criolla. Desarrollaron predilección por la rosa amarilla (Cochlospermum vitifolium), un árbol que jamás vieron en cautiverio. El aviario prepara el cuerpo; el bosque enseña el resto. El comedero es lo que sostiene al ave durante la clase.
2. El imán — del bosque a la casa
El animal es plenamente silvestre. Ya sabe alimentarse, ya conoce su territorio, ya tiene un mapa que funciona. El comedero no le enseña nada: le reescribe el mapa, y lo reescribe en la dirección del peligro.
La secuencia es la inversa:
animal silvestre y competente → comedero cerca de humanos → cambio de rutas → pérdida de cautela → carretera, perro, cable, conflicto
Un zorro, un mapache o un venado que aprende que la comida predecible está cerca de las casas empieza a cruzar carreteras y a perder la cautela que lo mantenía vivo. La mortalidad por atropellamiento no es un efecto secundario: es la consecuencia esperable de haber movido el centro de gravedad del animal hacia nosotros.
En ecología esto tiene nombre: trampa ecológica. Un lugar que el animal percibe como bueno —hay comida, es predecible— pero que en realidad reduce su supervivencia. El animal elige mal porque le dimos una señal falsa.
Aquí no hay ningún aprendizaje pendiente que justifique el riesgo. Solo hay una modificación de conducta que no beneficia al animal.
3. El desvío — del conflicto a la calma
El animal es silvestre y competente, pero su comportamiento está generando un problema: depreda una especie amenazada, entra a un cultivo, se acerca a un gallinero. El comedero se instala lejos del punto de conflicto, para restarle presión.
animal en zona de conflicto → alimento alternativo lejos → menor presión sobre el recurso problemático → conflicto resuelto sin matar a nadie
Es el uso menos conocido y uno de los mejor respaldados. En Escocia se ofreció alimento a martas y tejones para reducir la depredación sobre nidos de urogallo: la supervivencia estimada de los nidos aumentó un 83% durante los 28 días de incubación, y a lo largo de tres años la productividad del urogallo subió un 130% —de 0,82 a 1,90 pollos por hembra.
El comedero funciona aquí precisamente porque aleja al animal de la zona problemática, no porque lo acerque. Misma regla que el puente.
La matriz, en una tabla
| Puente | Imán | Desvío | |
|---|---|---|---|
| Destinatario | Animal ex-cautiverio, sin capacidades ecológicas | Animal silvestre, plenamente competente | Animal silvestre en zona de conflicto |
| Dirección | Cautiverio → libertad | Libertad → mundo humano | Conflicto → zona neutra |
| Qué aporta | Tiempo para aprender el territorio | Nada que el animal necesite | Alternativa al recurso en disputa |
| Qué entrena | Conductas silvestres: altura, vuelo, forrajeo | Conductas de riesgo: bajar, acercarse, esperar | Nada nuevo — solo reubica lo que ya hacía |
| Ubicación | Sitio de liberación, lejos de vías y casas | Cerca de viviendas o carreteras | Lejos del punto de conflicto |
| Qué termina | La dependencia de cada ave, por sí sola | Nada — no hay proceso, solo hábito | La presión sobre el recurso en disputa |
| Veredicto | Justificado | Dañino | Justificado |
La segunda dirección: hacia arriba
Hasta aquí hemos hablado de dirección en sentido horizontal: si el comedero acerca al animal al mundo humano o lo aleja de él. Pero hay un segundo eje, y es vertical.
Un comedero no solo alimenta: entrena. Cada vez que un animal va a comer, está repitiendo un desplazamiento, una postura, una altura, un horario. Esa repetición deja huella. Así que la pregunta no termina en ¿hacia dónde lo muevo? — sigue en ¿qué conducta le estoy enseñando mientras come?
Y aquí aparece el criterio que consideramos decisivo: el comedero debe conducir al animal hacia su comportamiento natural, no alejarlo de él. Un comedero al que hay que bajar al suelo entrena a un ave arborícola a estar en el suelo. Un comedero que se alcanza caminando entrena a no volar. Un comedero a la altura de una persona entrena a tolerar la cercanía humana. Ninguna de esas conductas le sirve al animal después.
Cómo lo aplicamos: la escalera de altura
En el caso de los loros y guacamayos, esto se traduce en algo muy concreto. Las estaciones suben con el proceso.
Empezamos con comederos colgados de árboles a 3 o 4 metros —una altura que un ave recién salida del aviario puede alcanzar con confianza, sin frustrarse ni quedarse abajo. A medida que la bandada gana fuerza de vuelo y seguridad, las estaciones se van elevando progresivamente: 7, 8, 10, 12 metros.
El efecto es doble, y ambos lados importan:
- Protección. Cuanto más alto está el ave, más lejos está de los depredadores terrestres, de los perros, de los gatos y del tránsito de personas. La altura es refugio.
- Conducta. Un loro que come a doce metros es un loro que vuela alto para comer. Se acostumbra a operar en el dosel, que es exactamente donde vive un psitácido silvestre: donde están los frutos, las cavidades con agua, los dormideros y las bandadas residentes. Los vuelos se vuelven más altos porque la comida está más alta.
Visto así, el comedero deja de ser un plato y pasa a ser un instrumento de moldeamiento conductual. No le pedimos al ave que suba: ponemos la comida donde queremos que el ave aprenda a estar, y dejamos que su propia motivación haga el resto. Es la misma lógica que recorre todo nuestro método —construir capacidades en lugar de imponer conductas, y usar el instinto del animal a favor del proceso y no en contra.
Y notemos que esta escalera resuelve, de paso, buena parte del problema del imán: una estación a doce metros en el dosel del bosque es sencillamente inaccesible para un zorro, un perro o una persona curiosa. Subir el comedero es, a la vez, entrenar mejor y arriesgar menos.
En video
El comedero, en acción
Así se ve una estación de alimentación cuando funciona como puente: un animal silvestre se acerca, se alimenta y vuelve al bosque. El comedero acompaña la transición hacia la vida libre; no la reemplaza.
Los riesgos reales, y cómo se manejan
Ningún programa serio instala una estación sin conocer sus riesgos. Son tres, están bien documentados, y los tres tienen respuesta en el diseño.
Concentración y enfermedad
Cuando el alimento se concentra en un punto fijo, los animales se concentran con él, y con ellos sus patógenos. Una revisión de 115 estudios sobre 68 especies encontró tres vías de riesgo: más contacto entre individuos, acumulación de patógenos en la estación, y contaminantes en el alimento mismo. El caso más conocido ocurrió en jardines británicos, donde la tricomonosis transmitida en comederos hizo caer la población de verderón cerca de dos tercios en una década.
Conviene decir el matiz completo, porque suele omitirse: el metaanálisis de referencia concluyó que los resultados son altamente heterogéneos. El riesgo se dispara con estaciones descuidadas y superficies porosas que no se limpian; con higiene rigurosa, el panorama es muy distinto.
Cómo lo resolvemos. En Fundación Loros usamos bandejas de acero inoxidable, no madera ni plástico: el acero no absorbe, no retiene materia orgánica en poros ni fisuras, y se desinfecta de verdad. Las bandejas se cambian dos veces al día. En un clima como el del bosque seco —húmedo, caliente, con hongos que colonizan fruta expuesta en cuestión de horas— esa frecuencia no es exceso de celo: es el mínimo. La mayoría de la literatura sobre higiene de comederos viene de zonas templadas y se queda corta para el trópico.
La estación que se vuelve imán por la noche
Este es el riesgo más sutil, y el que más nos importa. El mismo objeto puede ser puente de día e imán de noche. Una plataforma con fruta que queda servida al anochecer deja de ser infraestructura de liberación y pasa a ser un punto de atracción para zarigüeyas, mapaches y otra fauna nocturna, que aprende la ubicación, la incorpora a su ruta y empieza a frecuentar un lugar con presencia humana.
Cómo lo resolvemos. Las bandejas se retiran por la tarde. No se deja alimento durante la noche. La estación existe para las aves en proceso de liberación y solo durante las horas en que esas aves la usan. Fuera de ese horario, no hay estación. Es la respuesta operativa más directa a la pregunta de fondo del artículo: se puede construir un puente sin construir un imán, pero hay que decidirlo en el diseño.
A esto se suma que las estaciones son elevadas, en árboles: lejos del suelo, de los depredadores terrestres y del tránsito de personas.
Alimento inadecuado
El tercer riesgo es más lento: animales que comen algo abundante pero incompleto y pierden condición corporal sin que se note. En otras latitudes el ejemplo clásico es la carne picada que la gente ofrece a aves urbanas —llena, pero descalcifica. También se han documentado casos más graves, como buitres europeos alimentados con ganado recién medicado que acumulan residuos farmacológicos.
Cómo lo resolvemos. Dieta natural: fruta y semillas locales, la misma base que el ave encontrará en el bosque. Nunca comida humana ni procesada. El comedero no debe enseñar un gusto que el territorio no pueda satisfacer después.
Los criterios que separan un caso del otro
Si tuviéramos que reducir todo a una lista de verificación antes de instalar una estación, sería esta.
1. ¿A quién alimento? Un animal que no sabe sobrevivir todavía, o un animal que ya sabe. Alimentar al primero es enseñanza; alimentar al segundo es interferencia.
2. ¿Hacia dónde lo muevo? Si la estación acerca al animal a carreteras, viviendas, perros o personas desconocidas, está mal ubicada, punto.
3. ¿Quién puede llegar, y cuándo? Una estación de uso exclusivo, en horario acotado, es infraestructura. Una fuente abierta a cualquier especie a cualquier hora es un imán, aunque haya sido instalada con la mejor intención.
4. ¿Qué conducta entrena? Si comer en la estación exige del animal algo que se parece a lo que hará en libertad —volar, subir, buscar en altura—, el comedero está trabajando a favor. Si exige lo contrario —bajar, caminar, esperar cerca de personas—, está entrenando para el fracaso.
5. ¿Qué estoy midiendo? Sin monitoreo no hay forma de saber si el comedero está funcionando como puente o como ancla. Medimos uso de estaciones, fidelidad al sitio, forrajeo silvestre y supervivencia individual —cada ave lleva su medalla.
Una aclaración importante: nosotros no retiramos los comederos
Aquí hay algo que suele malinterpretarse, y que conviene decir con precisión.
En muchos programas se habla de "retirar gradualmente el alimento" como el cierre del proceso. Nosotros no hacemos eso. Las estaciones permanecen. Lo que ocurre es distinto y, creemos, mejor:
Las aves se van solas. A medida que ingresan cohortes nuevas al proceso y a medida que cada ave encuentra sus propias fuentes naturales de alimento, su uso de la estación disminuye por decisión propia. Nadie le quita el plato. Simplemente deja de necesitarlo.
Esto es coherente con el principio central de nuestro método: la dilución progresiva de la dependencia. Así como no inducimos miedo al humano —la distancia emerge cuando el ave desarrolla capacidades y forma vínculos con su bandada—, tampoco forzamos la independencia alimentaria quitando comida. La independencia no se impone: se alcanza, y se nota.
Tiene además una consecuencia práctica que resuelve una tensión aparente en la literatura. Por un lado, la literatura general de alimentación de fauna advierte contra alimentar indefinidamente. Por el otro, los estudios de reintroducción de psitácidos encuentran que la suplementación sostenida —idealmente más de doce meses— se asocia con mayor éxito, y que retirar el alimento demasiado pronto hace fracasar liberaciones.
No es una contradicción real: es, otra vez, la diferencia de dirección. Alimentar indefinidamente a una población silvestre autosuficiente crea dependencia donde no había ninguna. Sostener una estación para un flujo continuo de aves que salen de jaulas construye autonomía en cada una de ellas.
Por eso un visitante que ve el comedero lleno no está viendo loros dependientes. Está viendo el andamio del siguiente grupo. La estación es permanente; la dependencia de cada ave no lo es — y eso último es lo que medimos.
Un matiz final, por honestidad: un metaanálisis de 201 experimentos en 82 estudios sobre aves encontró que la alimentación suplementaria mejora la reproducción, pero con efecto escaso cuando el alimento natural ya es abundante. En plena temporada de fruta el aporte marginal de una estación es menor que en marzo, en plena sequía. La estacionalidad no es un detalle: es parte del diseño, y explica por qué nuestra ventana óptima de liberación va de mayo a julio.
Cómo lo hacemos, en concreto
- Estaciones colgadas de árboles, de altura creciente: se empieza en 3–4 metros y se sube progresivamente a 7, 8, 10 y 12 metros a medida que la bandada gana capacidad de vuelo. De uso exclusivo de las aves en rehabilitación.
- Bandejas de acero inoxidable, que se cambian dos veces al día.
- Retiro de las bandejas por la tarde. Nada de alimento durante la noche.
- Bebederos junto a las estaciones durante las etapas de exploración. En el bosque seco, encontrar agua es tan crítico como encontrar comida: nuestras aves beben de cavidades de árboles, pero solo después de haber construido su mapa mental. El bebedero sostiene esa exploración.
- Dieta natural: fruta y semillas locales. Nunca comida humana ni procesada.
- Monitoreo individual por medalla, reportes de la comunidad y registro de quién usa las estaciones y quién ya no.
Cuándo intervenimos
- Aparición de aves enfermas o emaciadas en la estación → desinfección total y revisión sanitaria inmediata.
- Un ave que no muestra ningún progreso hacia el forrajeo silvestre → se revisa su proceso individual, no la estación.
- Evidencia de que la estación está atrayendo fauna no objetivo → reubicación y ajuste de horarios.
- Aves que buscan personas por compañía y no por hambre → vuelven a etapas anteriores del proceso.
¿Y si la objeción es que no hay que intervenir?
Hay una objeción que merece respeto, porque nace de un buen instinto: la naturaleza suele arreglarse mejor cuando la dejamos en paz, y casi siempre que metemos la mano terminamos empeorando las cosas. Comparto el fondo de esa intuición, y he visto demasiados favores humanos terminar en daño. Pero, llevada al comedero, esa idea descansa sobre un supuesto que no se sostiene: que hoy tenemos enfrente un bosque intacto del que podríamos, con disciplina, abstenernos.
La verdad es que ya intervinimos, y lo hicimos destruyendo. Arrasamos bosques enteros para levantar un barrio, y talamos el árbol donde una familia de loros hallaba refugio y alimento. Pedirles ahora que se muden y encuentren comida de inmediato en otro lugar es una exigencia absurda: no hay un sitio vacío esperándolos, y el reloj de su hambre no entiende de urbanizaciones. Fuimos nosotros quienes los desplazamos, y luego les pedimos que resuelvan solos un problema que creamos nosotros.
Por eso no creo que la respuesta honesta sea no hacer nada. Si fuimos nosotros quienes los empujamos a vivir cerca de las ciudades, también nos corresponde ayudarlos a habitar esa realidad que no eligieron. El humano no solo puede: debe intervenir, pero en el sentido contrario al que causó el daño. Negarse a intervenir, después de haber destruido el hábitat, no es prudencia; es dejar el daño a medias.
Ya intervinimos cuando tumbamos el bosque. Lo que queda por decidir no es si volvemos a poner la mano, sino hacia dónde la movemos.
Y aquí vuelve, intacta, la tesis de este texto. Reconocer que debemos intervenir no nos autoriza a poner comida en cualquier parte ni a acostumbrar a un animal competente a nuestra presencia. Un comedero mal pensado junto a las casas sigue siendo una trampa, por buena que sea la intención detrás. Intervenir bien no es intervenir mucho, sino hacerlo con un objetivo claro y en la dirección correcta: mover al animal hacia la libertad, no hacia nuestro mundo. Y saber si un comedero cumple eso exige, otra vez, la misma pregunta con la que empezamos.
La pregunta final
Todo lo anterior se puede comprimir en una sola pregunta, y es la que sugerimos hacerse a cualquiera que esté pensando en poner un comedero. No es "alimentar sí o no", sino algo más exigente:
¿Cuál es el objetivo de este comedero y cuál es su impacto real? ¿Produce un beneficio neto positivo en el individuo, en la población de la que forma parte y en el ecosistema que ambos habitan —y no sólo en el entretenimiento de quien lo instala?
Las tres escalas importan, porque rara vez apuntan en la misma dirección. Un comedero puede salvar a un individuo y dañar a su población, concentrando enfermedad o distorsionando la dinámica de la especie. Puede beneficiar a una población y aun así alterar el ecosistema del que depende: atrae carroñeros, subsidia a un competidor que termina desplazando a otras especies, concentra patógenos en un punto donde antes no se juntaban. Y puede verse impecable a escala del ecosistema mientras somete a algunos individuos a un riesgo que ellos no eligieron. Un programa serio responde por las tres.
En nuestro caso la respuesta es específica y acotada: alimentamos a aves que salieron de jaulas, en el sitio donde las liberamos, en bandejas de acero que se cambian dos veces al día y se retiran antes de la noche, durante el tiempo que cada ave necesite para aprender un bosque que nunca conoció. No les quitamos el plato: esperamos a que dejen de venir. Nuestro criterio de éxito como cuidadores es volvernos progresivamente prescindibles.
Liberar no es soltar. Y alimentar, bien entendido, tampoco es dar de comer: es sostener un aprendizaje hasta que sobra.
En imágenes
Los comederos de la reserva
Estaciones colgadas de los árboles, a varios metros del suelo, donde la fauna en proceso de reintroducción encuentra un apoyo temporal mientras recupera su autonomía.



Lo que todavía no sabemos
Este texto, como nuestro método, es un documento vivo. Hay cosas que preferimos declarar antes que insinuar:
- La mayoría de los estudios cuantitativos sobre alimentación de fauna provienen de zonas templadas. Su traslado al trópico húmedo no es automático, y probablemente subestima los riesgos por hongos y por competencia con especies comunes.
- Cuando un ave deja de venir a la estación, la interpretación optimista es que encontró el bosque. Distinguir con certeza esa lectura de otras posibles —dispersión, mortalidad no detectada— exige un monitoreo más fino del que cualquier programa tiene hoy. Es la principal pregunta abierta de nuestro modelo.
- La escalera de altura de las estaciones (3–4 m hasta 12 m) es criterio de campo, no un resultado publicado. El principio —que la altura protege y que la conducta se moldea con la ubicación del recurso— está bien fundado; la progresión exacta, los tiempos y el techo óptimo son nuestros, y esperamos poder medirlos.
- Nuestro dato de 72% al año corresponde a una cohorte, de aves jóvenes, en un sitio con presión de depredación baja-moderada. Es un resultado alto para una reintroducción sin población silvestre previa, pero es un punto, no una curva.
Compartimos esto abiertamente para que se discuta, se critique y se mejore. La conservación avanza más rápido cuando el conocimiento se comparte que cuando se guarda.
Referencias principales
- Becker, D. J., Streicker, D. G., & Altizer, S. (2015). Linking anthropogenic resources to wildlife–pathogen dynamics: a review and meta-analysis. Ecology Letters, 18(5), 483–495.
- Murray, M. H., Becker, D. J., Hall, R. J., & Hernandez, S. M. (2016). Wildlife health and supplemental feeding: A review and management recommendations. Biological Conservation, 204, 163–174.
- Ruffino, L., Salo, P., Koivisto, E., Banks, P. B., & Korpimäki, E. (2014). Reproductive responses of birds to experimental food supplementation: a meta-analysis. Frontiers in Zoology, 11, 80.
- White, T. H. Jr., Collar, N. J., Moorhouse, R. J., et al. (2012). Psittacine reintroductions: common denominators of success. Biological Conservation, 148(1), 106–115.
- Brightsmith, D. J., Rigatuso, A., Biro, C., & Geiszler, D. (2026). Successful release of confiscated Amazona parrots using free-flight training. Bird Conservation International, 36, e24.
- Bamber, J. A., et al. (2024). Diversionary feeding reduces nest predation and increases productivity of a threatened bird. Journal of Applied Ecology.
- Lawson, B., et al. — Garden Wildlife Health / British Trust for Ornithology: seguimiento de la epidemia de tricomonosis en fringílidos británicos.
- Ewen, J. G., Walker, L., Canessa, S., & Groombridge, J. J. (2015). Improving supplementary feeding in species conservation. Conservation Biology, 29(2), 341–349.
Fundación Loros · Reserva Los Loros, Villanueva, Bolívar · Bosque seco tropical
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